Si alguien me pidiera resumir, en una corta frase, qué produjo en mí la experiencia del SAT II; sería esa: El despertar de la conciencia.
Y esto no significa que, hasta ahora, haya sido inconsciente en el sentido en que esta palabra es comúnmente usada.
Ha sido nada más, o nada menos, que un darse cuenta de cómo, muchas veces, tenemos la falsa creencia de que todo ha sido superado.
Que ahora que somos adultos, ya no puede afectarnos lo vivido cuando niños.
Que si, de pequeños sentimos que nuestros padres, o uno de ellos, nos maltrató, ignoró o abandonó, ya no sentíamos dolor por ello.
Fue necesario dejar brotar ese enojo, que no me permitía hasta ahora, para poder entender y perdonar.
Fue necesario comprender que el abandono no se compensa con visitas esporádicas ni con regalos, para no idealizar a uno de ellos y cargar toda la culpa en el otro.
Entender que fueron solamente un hombre y una mujer comunes, como yo; con necesidades, igual que yo; con situaciones de vida que los llevaron a actuar en determinada forma y que, ante la alternativa, optaron por aquella que creyeron mejor.
Fue necesario también entender que existen otras formas de abandono, como la muerte; dejar salir, desde lo más profundo, ese visceral grito de enojo contra la enfermedad, contra la vida y contra ese Dios que aún estoy buscando, que arrebataron de mi lado a quien amé profundamente.
La vivencia del SAT hizo que me diese cuenta de que forma mi cuerpo estaba evitando el dolor y el enojo, negándolos.
Cuando finalmente los dejé brotar sin control, desde lo más profundo de mí ser, las tres partes de mi todo comenzaron a unirse. Pensamientos-Sentimientos-Sensaciones. Unidos. Las tres cosas que forman mi todo.
Ese es el camino que he comenzado.
El camino del despertar de la conciencia.
Sé que no es fácil y que es sólo el comienzo.
Sé también que es una tarea permanente, seguramente con tropezones y caídas, pero es mejor aprender a levantarse a no haber caído nunca.
No quiero adormecer mi conciencia nunca más.